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Secretario Blinken: Enfoque de la Administración con respecto a la República Popular China

  Traducción cortesía del Departamento de Estado de los Estados Unidos Enfoque de la Administración con respecto a la República Popular Chin...


 

Traducción cortesía del Departamento de Estado de los Estados Unidos



Departamento de Estado de EE. UU.
Discurso
Antony J. Blinken, Secretario de Estado
Universidad George Washington
Washington D.C.
26 de mayo de 2022ƒƒ

SECRETARIO BLINKEN: Gracias. Buenos días.

Es un inmenso placer estar aquí en la Universidad George Washington. Es una institución que atrae a estudiantes y académicos destacados de todo el mundo y donde se analizan y debaten los desafíos más urgentes que enfrentamos como país. Por eso, les agradezco por estar aquí hoy.

Por sobre todo, quisiera agradecer a nuestros amigos de Asia Society, dedicados a forjar lazos más estrechos con los países y los pueblos de Asia para intentar reforzar la paz, la prosperidad, la libertad, la igualdad y la sostenibilidad. Gracias por recibirnos hoy, y sobre todo por el liderazgo que demuestran cada día. Hablamos de colegas como Kevin Rudd, Wendy Cutler, Danny Russel; todos colegas, todos líderes sólidos y también personas de acción, y es siempre muy grato estar con ustedes.

Debo decir además, senador Romney, que estoy muy agradecido por su presencia hoy aquí, como hombre y líder a quien realmente admiro, una persona de principios firmes que ha tenido un papel de liderazgo en el tema sobre el que vamos a hablar hoy. Senador, gracias por estar presente.

También me complace ver a tantos miembros del servicio diplomático, pues la diplomacia es una herramienta indispensable para forjar nuestro futuro en común.

En los dos últimos años nos hemos unido para combatir la pandemia de COVID-19 y prepararnos para las emergencias sanitarias globales que se presenten en el futuro, recomponernos de los embates económicos, que van desde perturbaciones de las cadenas de suministro hasta crisis de endeudamiento, y afrontar el cambio climático y repensar un futuro energético que sea más limpio, más seguro y más asequible.

El denominador común de todos estos esfuerzos es el mero hecho de que ninguno de nosotros puede responder a estos desafíos por sí solo. Debemos afrontarlos juntos.

Por eso la diplomacia vuelve estar en el centro mismo de la política exterior estadounidense, para ayudarnos a concretar el futuro al que aspiran los estadounidenses y las personas en el resto del mundo: un mundo en el que la tecnología se use para mejorar la situación de las personas, no para reprimirlas; donde el comercio y los negocios apoyen a los trabajadores, aumenten los ingresos y generen más oportunidades; donde se respeten los derechos humanos universales; donde los países estén seguros frente a la coerción y la agresión, y las personas, ideas, bienes y el capital circulen libremente; y donde las naciones puedan trazar sus propios caminos y trabajar juntas con eficacia en causas comunes.

Para construir ese futuro, debemos defender y reformar el orden internacional basado en normas, es decir, el sistema de leyes, acuerdos, principios e instituciones que el mundo reunido estableció luego de dos guerras mundiales para gestionar las relaciones entre los estados, prevenir conflictos y reivindicar los derechos de todas las personas.

Sus documentos fundacionales incluyen la Carta de la ONU y la Declaración Universal de Derechos Humanos, que consagraron conceptos como los de autodeterminación, soberanía y solución pacífica de controversias. Estas no son ideas occidentales. Son el reflejo de las máximas aspiraciones del mundo entero.

En las décadas transcurridas desde entonces, y pese a los inmensos desafíos y la brecha entre nuestros ideales y algunos de los resultados que hemos logrado, los países del mundo han evitado otra guerra mundial y el conflicto armado entre potencias nucleares. Hemos construido una economía mundial que sacó a miles de millones de personas de la pobreza. Hemos promovido los derechos humanos como nunca antes.

Ahora que miramos al futuro, no solo deseamos sostener el orden internacional que hizo posible gran parte de ese progreso, sino además modernizarlo, para cerciorarnos de que represente los intereses, los valores y las esperanzas de todas las naciones —grandes y chicas— en todas las regiones. Adicionalmente, queremos que esté a la altura de los desafíos que enfrentamos ahora y que nos depara el futuro, muchos de los cuales exceden lo que el mundo podría haber imaginado hace siete décadas.

Pero ese resultado no está garantizado, porque las bases del orden internacional sufren embates graves y sostenidos.

El presidente ruso Vladimir Putin representa una amenaza clara y actual. Al atacar a Ucrania hace tres meses, también atacó los principios de soberanía e integridad territorial, consagrados en la Carta de la ONU, que protegen a todos los países de la posibilidad de ser conquistados o coaccionados. Es por eso que tantos países se han unido para oponerse a esta agresión, ya que la perciben como una afrenta directa a las bases de su propia paz y seguridad.

Ucrania combate con valentía en defensa de su población y su independencia, con un nivel de asistencia sin precedentes por parte de Estados Unidos y países de todo el mundo. Y si bien la guerra no ha terminado, el presidente Putin no ha logrado conseguir ni uno de sus objetivos estratégicos. En vez de acabar con la independencia de Ucrania, la ha fortalecido. En vez de dividir a la OTAN, ha conseguido unirla. En vez de reivindicar la fortaleza de Rusia, la ha socavado. Y en vez de debilitar el orden internacional, ha hecho que los países se unan para defenderlo.

Incluso mientras persiste la guerra del presidente Putin, seguiremos enfocados en el mayor desafío al orden internacional en el largo plazo, que es el que plantea la República Popular China.

China es el único país que tiene tanto la intención de redefinir el orden internacional como el poder económico, diplomático, militar y tecnológico para hacerlo. La visión de Pekín nos alejaría de los valores universales que han sostenido gran parte del progreso conseguido por el mundo en los últimos 75 años.

China es además un actor que es parte integral de la economía mundial y de nuestra posibilidad de resolver desafíos que van desde el clima hasta la COVID. Básicamente, Estados Unidos y China tienen que tratar el uno con el otro por el futuro previsible.

Por eso, esta es una de las relaciones más complejas y con mayores consecuencias de las que tenemos en el mundo contemporáneo.

En el último año, la Administración Biden ha desarrollado e implementado una estrategia integral para aprovechar nuestras fortalezas como nación y nuestra red de aliados y socios sin parangón con el propósito de hacer realidad el futuro que buscamos.

No estamos buscando que haya un conflicto ni una nueva Guerra Fría. Por el contrario, estamos decididos a evitar ambas cosas.

No nos proponemos impedir que China ejerza su papel como gran potencia ni impedimos que China —ni, de hecho, ningún otro país— haga crecer su economía o promueva los intereses de su población.

Pero sí defenderemos y fortaleceremos el derecho internacional, los acuerdos, los principios y las instituciones que mantienen la paz y la seguridad, protegen los derechos de las personas y las naciones soberanas, y hacen posible que todos los países convivan y cooperen, incluidos Estados Unidos y China.

Sin embargo, la China de hoy en día es muy distinta de la China de hace 50 años, cuando el presidente Nixon rompió con décadas de relaciones tensas y se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar el país.

En ese momento, China estaba aislada y lidiaba con una situación de pobreza y hambre generalizados.

En la actualidad, China es una potencia mundial con un alcance, influencia y ambición extraordinarios. Es la segunda economía mundial, con ciudades y redes de transporte público de talla mundial. Alberga una de las mayores compañías tecnológicas del mundo y aspira a dominar las tecnologías e industrias del futuro. Está modernizando rápidamente sus fuerzas militares y tiene intención de convertirse en una fuerza beligerante del más alto nivel y de alcance global. También anunció que pretende crear una esfera de influencia en el Indopacífico y convertirse en la principal potencia mundial.

La transformación de China se debe al talento, el ingenio y el arduo trabajo del pueblo chino. También fue posible por la estabilidad y las oportunidades que ofrece el orden internacional. Puede decirse que ningún país en el planeta se ha beneficiado más de eso que China.

Pero en vez de usar su poder para reafirmar y revitalizar las leyes, los acuerdos, los principios y las instituciones que hicieron posible su éxito, de modo que otros países también puedan beneficiarse, Pekín menoscaba esa posibilidad. Durante la presidencia de Xi, el Partido Comunista Chino que gobierna al país se ha vuelto más represivo a nivel interno y más agresivo en el extranjero.

Observamos eso en la forma en que Pekín ha perfeccionado la vigilancia masiva en China y exportado esa tecnología a más de 80 países; en cómo promueve reclamos marítimos ilegítimos en el Mar de la China Meridional, atentando así contra la paz y la seguridad, la libertad de navegación y el comercio; cómo elude o transgrede normas comerciales, y perjudica a trabajadores y empresas en Estados Unidos y el resto del mundo; y cómo afirma defender la soberanía y la integridad territorial pero, al mismo tiempo, se alinea con gobiernos que violan esos principios de manera manifiesta.

Incluso mientras Rusia se movilizaba para invadir Ucrania, el presidente Xi y el presidente Putin declararon que la amistad entre sus países “no tenía límites”, literalmente. Apenas esta semana, cuando el presidente Biden visitaba Japón, China y Rusia llevaron a cabo en la región un ejercicio conjunto de patrullaje estratégico con bombarderos.

La defensa por parte de Pekín de la guerra que libra el presidente Putin para eliminar la soberanía de Ucrania y asegurar una esfera de influencia en Europa debería preocupar a todos los que consideramos a la región del Indopacífico nuestro hogar.

Por estos motivos y muchos otros, es un momento de tensión para el mundo. Y en períodos como este, la diplomacia es fundamental. Es a través de la diplomacia que esclarecemos nuestras inquietudes profundas, entendemos mejor la perspectiva de cada uno y no tenemos dudas sobre las intenciones de los demás. Estamos dispuestos a intensificar nuestra comunicación directa con Pekín en una variedad amplia de temas. Y esperamos que eso pueda ocurrir.

Pero no podemos depender de que Pekín cambie su trayectoria. Entonces, vamos a definir el entorno estratégico en torno a Pekín de modo de promover nuestra visión de un sistema internacional abierto e inclusivo.

El presidente Biden cree que esta década será decisiva. Las medidas que adoptemos en el país y con países en todo el mundo determinarán si nuestra visión común del futuro se hará realidad.

Para tener éxito en esta década decisiva, la estrategia de la Administración Biden puede resumirse en tres palabras: “invertir, alinear y competir”.

Invertiremos en las bases de nuestra fortaleza aquí en el país: nuestra competitividad, nuestra innovación y nuestra democracia.

Vamos a alinear nuestros esfuerzos con nuestra red de aliados y socios, actuando con un propósito y en pro de una causa en común.

Y sobre la base de estos dos activos clave, vamos a competir con China para defender nuestros intereses y construir nuestra visión para el futuro.

Asumimos este desafío con seguridad. Nuestro país ha sido dotado de numerosas fortalezas. Tenemos vecinos pacíficos, una población diversa y creciente, recursos cuantiosos, la moneda de reserva del mundo, la potencia militar más poderosa sobre la Tierra y una cultura pujante de innovación y emprendimiento que, por ejemplo, produjo múltiples vacunas eficaces que ahora protegen a personas en todo el mundo frente a la COVID-19.

Y nuestra sociedad abierta, en su máxima expresión, atrae flujos de talento e inversión y tiene capacidad probada en el tiempo de reinventarse, que se afianza en nuestra democracia y nos faculta a superar cualquier tipo de desafíos que tengamos por delante.

En primer lugar, con respecto a invertir en nuestra fortaleza.

Tras la Segunda Guerra Mundial, mientras nosotros y nuestros socios construíamos el orden basado en normas, nuestro gobierno federal también realizaba inversiones estratégicas en investigación científica, educación, infraestructura y nuestra fuerza laboral, y generaba millones de puestos de trabajo para las clases medias y décadas de prosperidad y liderazgo en tecnología. Pero dimos por sentadas esas bases. Así que es tiempo de volver a lo básico.

La Administración Biden está haciendo inversiones de amplio alcance en nuestras fuentes de fortaleza nacionales, empezando por una estrategia industrial moderna para sostener y ampliar nuestra influencia económica y tecnológica, incorporar mayor resiliencia a nuestra economía y nuestras cadenas de suministro, y potenciar nuestra ventaja competitiva.

El año pasado, el presidente Biden convirtió en ley la mayor inversión en infraestructura de nuestra historia: para modernizar nuestras autopistas, nuestros puertos, aeropuertos, redes ferroviarias y puentes; mover bienes al mercado con mayor velocidad, con el fin de impulsar nuestra productividad; ampliar la internet de alta velocidad a cada rincón del país; y llevar más empresas y más puestos de trabajo a más partes de América.

Estamos haciendo inversiones estratégicas en educación y formación de trabajadores, para que los trabajadores estadounidenses —los mejores del mundo— puedan diseñar, construir y operar las tecnologías del futuro.

Dado que nuestra estrategia industrial se centra en la tecnología, deseamos invertir en investigación, desarrollo y fabricación avanzada. Hace 60 años, nuestro gobierno destinó más del doble a investigación como porcentaje de nuestra economía de lo que destinamos ahora, y estas inversiones, a su vez, propiciaron innovaciones en el sector privado. Es así que ganamos la carrera espacial, inventamos el semiconductor y construimos la internet. Solíamos ocupar la primera posición del mundo en Investigación y Desarrollo como porcentaje de nuestro PIB, y ahora estamos en la posición novena. A su vez, China ha ascendido de la octava posición a la segunda.

Con apoyo bipartidista en el Congreso, vamos a revertir estas tendencias y realizar inversiones históricas en investigación e innovación, incluso en las áreas de inteligencia artificial, biotecnología e informática cuántica. Estas son áreas en las que Pekín se ha propuesto tener liderazgo, pero considerando las ventajas de Estados Unidos, estamos en condiciones de ganar esta competencia, no solo en cuanto al desarrollo de nuevas tecnologías, sino además determinar el modo en que se usan en todo el mundo, de manera que se fundamenten en valores democráticos, y no autoritarios.

Los líderes —el senador Romney y otros— de la Cámara de Representantes y del Senado han aprobado proyectos legislativos que apoyan esta agenda, e incluyen fondos por miles de millones para la producción de semiconductores aquí y para fortalecer otras cadenas de suministro críticas. Ahora necesitamos que el Congreso envíe las leyes al Presidente para que las refrende.

Podemos hacer esto y es algo que no puede esperar; ahora las cadenas de suministro se están moviendo y, si no las traemos aquí, se instalarán en otro sitio. Como lo manifestó el presidente Biden, el Partido Comunista de China hace lobby para impedir que avance esta legislación, pues no hay mejor manera de reforzar nuestra posición e influencia global que cumplir nuestra renovación interna. Estas inversiones no solo fortalecerán a Estados Unidos, sino que además nos fortalecerán como socios y aliados.

Una de las cuestiones más poderosas, incluso maravillosas, acerca de Estados Unidos es que desde hace muchísimos años somos el destino elegido por personas talentosas y entusiastas de todo el mundo. Esto incluye a millones de estudiantes provenientes de China, que enriquecieron nuestras comunidades y forjaron vínculos permanentes con personas estadounidenses. El año pasado, a pesar de la pandemia, otorgamos más de 100.000 visas a estudiantes chinos en solo cuatro meses; la tasa más alta que hayamos registrado. Nos da mucha satisfacción que hayan elegido estudiar en Estados Unidos, y somos afortunados de contar con ellos.

Y somos afortunados cuando las personas con mayor talento del mundo no solo estudian aquí, sino que eligen quedarse, tal como sucedió en los últimos años con más del 80% de los estudiantes chinos que cursan doctorados en tecnología y ciencia en Estados Unidos. Contribuyen a impulsar la innovación aquí y eso nos beneficia a todos. Podemos estar atentos a nuestra seguridad nacional sin cerrar nuestras puertas.

También sabemos, en función de nuestra historia, que estamos ante una relación compleja con otro gobierno, y es posible que algunas personas de ese país o de esa procedencia perciban que no deberían estar aquí o que son nuestros adversarios. Nada más alejado de la verdad. Los estadounidenses de origen chino realizaron invaluables aportes a nuestro país; así fue durante generaciones. El maltrato hacía personas de ascendencia china va en contra de todo lo que profesamos como país; se trate de un ciudadano chino que está de visita o vive en nuestro país, o un estadounidense de origen chino o cualquier otro estadounidense de origen asiático cuyo derecho a formar parte de este país es igual al del resto. El racismo y el odio no tienen lugar en una nación que se construyó gracias a generaciones de inmigrantes para hacer posible la promesa de oportunidades para todos.

Tenemos profundas diferencias con el Partido Comunista Chino y el Gobierno de China. Pero esas diferencias son entre los gobiernos y los sistemas, no entre nuestros pueblos. El pueblo estadounidense siente mucho respeto por el pueblo chino. Respetamos sus logros, su historia y su cultura. Valoramos profundamente los lazos familiares y de amistad que nos unen. Anhelamos sinceramente que nuestros gobiernos trabajen en conjunto sobre los temas que afectan la vida de ambos pueblos y, de hecho, la vida de todos los habitantes del planeta.

También vamos a apoyarnos en otro aspecto central de nuestra fortaleza nacional en esta década decisiva: nuestra democracia.

Hace un siglo, si a uno le preguntaban en qué radicaba la riqueza de una nación, habríamos mencionado la extensión de nuestro territorio, la magnitud de nuestra población, la fortaleza de nuestras fuerzas armadas y la abundancia de recursos naturales. Y, afortunadamente, todavía somos ricos en ese sentido. Pero hoy más que nunca, en pleno siglo XXI, la verdadera riqueza de una nación radica en su gente, es decir, en nuestros recursos humanos y nuestra capacidad para liberar su pleno potencial.

Eso se logra con nuestro sistema democrático. Debatimos, argumentamos, discrepamos y nos interpelamos unos a otros, incluso a quienes nos gobiernan. Abordamos nuestras falencias abiertamente; no fingimos que no existen ni las ocultamos. Si bien progresar puede ser un proceso que se percibe como muy lento, arduo y desagradable, trabajamos mucho y sin pausa para construir una sociedad en la que las personas, independientemente de su procedencia, puedan prosperar en virtud de los valores nacionales que nos unen, nos motivan y nos impulsan a todos.

No somos perfectos. Pero nos esforzamos por lograr una unión más perfecta, como dice nuestra Constitución Nacional. Nuestra democracia fue diseñada para que así sea.

Eso es lo que ofrecen el modelo estadounidenses y el pueblo estadounidense, y es uno de nuestros principales activos en esta contienda.

Ahora bien, Pekín considera que su modelo es el mejor; que un sistema centralizado liderado por un partido es más eficaz, menos conflictivo y en última instancia, superior a la democracia. No pretendemos modificar el sistema político de China. Nuestra tarea es demostrar una vez más que la democracia puede responder a desafíos urgentes, crear oportunidades y promover la dignidad humana; que el futuro le pertenece a quienes creen en la libertad y que todos los países serán libres para trazar su propio camino sin coerción.

La segunda parte de nuestra estrategia consiste en alinearnos con nuestros socios y aliados para impulsar en una visión compartida acerca del futuro.

Desde el primer momento, el gobierno de Biden trabaja para volver a dar vigencia a la red incomparable de asociaciones y alianzas que tiene Estados Unidos, y volver a vincularse con instituciones internacionales. Alentamos a nuestros socios a trabajar unos con otros, y a través de organizaciones regionales y globales. Y apoyamos nuevas coaliciones para que respondan a nuestros puebles y logren superar las dificultades que planteará el resto del siglo.

Esto se ve claramente en la región del Indopacífico, donde nuestras relaciones, incluidas las alianzas en virtud de tratados, están entre las más sólidas del mundo.

Estados Unidos comparte la visión de los países y los pueblos de la región: un Indopacífico libre y abierto, donde la normas se formulen de manera transparente y se apliquen de forma justa; donde los países tengan la libertad de tomar sus propias decisiones a nivel interno; donde los bienes, las ideas y las personas circulen libremente por todo el territorio, el espacio aéreo, el ciberespacio y por mar abierto; y donde quienes gobiernan respondan al pueblo.

El presidente Biden reforzó dichas prioridades esta semana al viajar a la región, donde ratificó nuestras alianzas cruciales en materia de seguridad con Japón y Corea del Sur, y profundizó nuestra colaboración tecnológica y económica con ambas naciones.

Lanzó el Marco Económico del Indopacífico para la Prosperidad, una iniciativa pionera en la región. En palabras del Presidente, esta iniciativa “ayudará a las economías de nuestros países a crecer más rápido y de manera más justa”. La IPEF, como la llamamos, renueva el liderazgo económico estadounidense, pero lo adapta al siglo XXI abordando cuestiones de máxima relevancia como la economía digital, las cadenas de suministro, la energía limpia, infraestructura y corrupción. Una docena de países, incluida India, ya se unieron. Juntos, los miembros de la IPEF representan más de un tercio de la economía mundial.

El Presidente también integró la cumbre de líderes de países del Quad: Australia, Japón, India y Estados Unidos. El Quad nunca había reunido a sus líderes hasta que el presidente Biden asumió en el cargo. Desde que él convocó a la primera reunión de líderes el año pasado, el Quad ya realizó cuatro encuentros. Y se ha transformado en un equipo regional líder. Esta semana, lanzó una nueva Asociación del Indopacífico para la Concientización en el Sector Marítimo, de manera tal que nuestros socios de la región puedan controlar mejor las aguas cercanas a sus costas para combatir la pesca ilegal y proteger sus derechos marítimos y su soberanía.

Estamos revitalizando nuestra asociación con la ASEAN. A principios de este mes, fuimos sede de la Cumbre Estados Unidos-ASEAN para abordar cuestiones urgentes como la crisis climática y la salud pública en conjunto. Esta semana, siete países de la ASEAN se convirtieron en miembros fundadores del Marco Económico del Indopacífico. Estamos tendiendo puentes entre nuestros socios europeos e indopacíficos, lo que incluye invitar a los aliados asiáticos a la cumbre de la OTAN que se realizará en Madrid el mes próximo.

Estamos logrando mayor paz y estabilidad en el Indopacífico; por ejemplo, mediante una nueva asociación en materia de seguridad entre Australia, el Reino Unido y los Estados Unidos, conocida como AUKUS.

Estamos ayudando a los países de la región y del resto del mundo a vencer la COVID-19. A la fecha, Estados Unidos ya aportó casi $ 20.000 millones para hacer frente a la pandemia. Esto incluye más de 540 millones de dosis de vacunas eficaces y seguras que fueron donadas –no vendidas– sin ningún tipo de condición política, y estamos próximos a alcanzar los 1.200 millones de dosis en todo el mundo. Estamos coordinando con un grupo de 19 países un plan de acción global de vacunación.

Como resultado de todas estas acciones de diplomacia, nos encontramos más alineados con nuestros socios del Indopacífico y trabajamos de manera más coordinada para lograr nuestros objetivos conjuntos.

También profundizamos nuestras alianzas en el Atlántico. Lanzamos el Consejo de Comercio y Tecnología entre Estados Unidos y Europa el año pasado, aprovechando el peso conjunto de aproximadamente el 50 % del PBI mundial. La semana pasada, me reuní con la secretaria Raimondo, la embajadora Tai y nuestras contrapartes de la Comisión Europea para nuestra segunda reunión de trabajo conjunto sobre estándares tecnológicos, coordinación de control de exportaciones e inversiones, fortalecimiento de cadenas de suministro, impulso de tecnologías limpias y mejora de la infraestructura digital y seguridad alimentaria en los países en desarrollo.

A su vez, nosotros y nuestros socios europeos hicimos a un lado 17 años de conflictos jurídicos sobre aeronaves; y ahora, en lugar de pelear entre nosotros, trabajamos para asegurar un campo de juego parejo a nuestras empresas y los trabajadores de ese sector.

De igual manera, trabajamos con la Unión Europea y otros actores para resolver una disputa sobre importaciones de acero y aluminio, y estamos consensuando una visión compartida de estándares climáticos más ambiciosos y para proteger a nuestros trabajadores e industrias ante las acciones deliberadas de Pekín para distorsionar el mercado a su favor.

Nos estamos asociando con la Unión Europea para proteger la privacidad de nuestros ciudadanos y, al mismo tiempo, fortalecer una economía digital conjunta que dependa de vastos flujos de datos.

Con el G20, logramos un acuerdo ejemplar sobre impuestos mínimos a nivel mundial para revertir la “carrera hacia los mínimos” y asegurarnos de que las grandes corporaciones paguen lo que les corresponde y brinden a los países incluso más recursos para invertir en su gente. Ya se unieron más de 130 países.

Junto a nuestros socios del G7, buscamos una perspectiva transparente, de alto nivel y coordinada para cumplir con las numerosas necesidades en materia de infraestructura que tienen los países en desarrollo.

Hemos concertado cumbres mundiales para vencer a la COVID-19 y revitalizar la democracia mundial, y nos reincorporamos al Consejo de Derechos Humanos de la ONU y la OMS, la Organización Mundial de la Salud.

En un momento en que atravesamos enormes dificultades, nuestros aliados y nosotros dimos nuevo impulso a la OTAN, cuya situación es ahora más sólida que nunca.

Todas estas acciones tienen por fin defender, y de ser necesario reformar, el orden basado en normas que debería beneficiar a todos los Estados. Queremos liderar la carrera en materia de tecnología, clima, infraestructura, salud global y crecimiento económico inclusivo. Y queremos fortalecer un sistema en el que se reúnan tantos países como sea posible para cooperar de manera eficaz, resolver sus diferencias pacíficamente y escribir su propio futuro como soberanos iguales.

Nuestra diplomacia se basa en la colaboración y el respeto por los intereses de todos. No esperamos que todos los países perciban a China de la misma manera que nosotros. Sabemos que muchos países —incluido Estados Unidos— tienen lazos humanos o económicos “entre pueblos” con China y quieren preservarlos. No se trata de obligar a los países a elegir. Se trata de darles la posibilidad de que, por ejemplo, la única opción no sea una inversión poco transparente que endeude a los países, propicie la corrupción, dañe al medioambiente, frene el crecimiento o la creación de puestos de trabajo locales o comprometa el ejercicio de la soberanía nacional. Sabemos de primera mano sobre el arrepentimiento que estos acuerdos pueden generar en quienes los compran.

Consultamos con nuestros socios constantemente, los escuchamos, abordamos seriamente sus inquietudes y desarrollamos soluciones que reconozcan sus prioridades y dificultades singulares.

Cada vez hay más coincidencia acerca de la necesidad de abordar las relaciones con Pekín de una manera más realista. Muchos de nuestros socios ya aprendieron, a partir de malas experiencias, que Pekín puede mostrar una reacción implacable cuando toman decisiones que no resultan de su agrado. Como ocurrió en la primavera pasada, cuando Pekín le impidió a turistas y estudiantes chinos viajar a Australia e impuso un arancel del 80% sobre las exportaciones de cebada de ese país, porque el Gobierno de Australia había pedido que se realizara una investigación independiente acerca del origen de la COVID-19. O en noviembre, cuando buques de la guardia costera china utilizaron cañones de agua para impedir el reabastecimiento de un buque de la Marina filipina en el Mar de China Meridional. Este tipo de acciones le recuerdan al mundo que Pekín puede tomar represalias cuando percibe que existe oposición.

También estamos alineados con nuestros socios y aliados en otra área: los derechos humanos.

Estados Unidos, junto a países y personas de todo el mundo, rechaza el genocidio y los crímenes de lesa humanidad que se registran en la región de Xinjiang, donde más de un millón de personas fueron llevadas a campos de detención por su identidad étnica y religiosa.

Coincidimos en lo relativo al Tíbet, donde las autoridades continúan librando una brutal campaña contra los tibetanos y su cultura, su lengua y tradiciones religiosas, y en Hong Kong, donde el Partido Comunista Chino impuso duras medidas antidemocráticas invocando la seguridad nacional como pretexto.

Ahora, Pekín insiste en que se trata de cuestiones internas en las que otros no pueden opinar. No es así. El trato que confiere a minorías étnicas y religiosas en Xinjiang y el Tíbet, junto con muchas otras medidas, va en contra de los principios fundamentales de la Carta de la ONU a la que Pekín hace referencia constantemente y la Declaración Universal de los Derechos Humanos a la que todos los países deben atenerse.

La represión de la libertad en Hong Kong por parte de Pekín viola sus compromisos relativos al traspaso de soberanía, consagrados en un tratado depositado en las Naciones Unidas.

Continuaremos planteando estas cuestiones y promoviendo cambios; no para enfrentar a China, sino para defender la paz, la seguridad y la dignidad del ser humano.

Esto nos lleva al tercer elemento de nuestra estrategia. Gracias al incremento de inversiones en el país y una mayor alineación con nuestros socios y aliados, estamos en una buena situación para competir con China en áreas clave.

Por ejemplo, Pekín desea ponerse a la cabeza en materia de producción e innovación mundial, aumentar la dependencia tecnológica que tienen otros países y emplear esa dependencia para imponer sus preferencias en materia de política exterior. Pekín está haciendo todo lo posible para ganar esta contienda; por ejemplo, aprovechando la apertura de nuestras economías para realizar espionaje, hackeo y robo de tecnología y conocimientos técnicos para impulsar su innovación militar y consolidar su estado de vigilancia.

Por ende, mientras nos aseguramos de que Estados Unidos y nuestros socios y aliados generen las condiciones para que se inicie la próxima ola de innovaciones, también nos protegeremos de los intentos por desviar nuestra capacidad de ingenio o poner en peligro nuestra seguridad.

Estamos perfeccionando nuestras herramientas para conservar nuestra competitividad tecnológica. Esto incluye controles nuevos y más estrictos a las exportaciones, para garantizar que nuestras innovaciones más importantes no terminen en manos equivocadas; mayor protección para la investigación académica, a fin de crear un entorno abierto, seguro y sostenible para la ciencia; mejores ciberdefensas; seguridad más sólida en materia de datos sensibles; y medidas más estrictas sobre control de inversiones para proteger a las empresas y los países frente a las medidas de Pekín para tener acceso a tecnologías sensibles, datos o infraestructura crítica, comprometer nuestras cadenas de suministro o dominar sectores estratégicos claves.

Consideramos —y esperamos que la comunidad empresarial comprenda—que el precio por ingresar al mercado de China no debe consistir en sacrificar nuestros valores centrales o las ventajas competitivas y tecnológicas a largo plazo. Contamos con que las empresas busquen el crecimiento en forma responsable, evalúen el riesgo con sensatez y trabajen con nosotros no solo para proteger sino también para fortalecer nuestra seguridad nacional.

Durante demasiado tiempo, las empresas chinas han gozado de mucho más acceso a nuestros mercados del que han logrado nuestras empresas en China. Por ejemplo, las personas estadounidenses que desean leer China Daily o comunicarse por WeChat pueden hacerlo libremente, mientras que The New York Times y Twitter están prohibidos para la población china, salvo para aquellas que trabajan para el gobierno y utilizan estas plataformas con el fin de difundir propaganda y desinformar. Las empresas estadounidenses que operan en China han estado sujetas a la transferencia forzada y sistemática de tecnología, mientras que las empresas chinas establecidas en Estados Unidos han estado protegidas por las garantías de nuestro Estado de derecho. Los cineastas chinos pueden comercializar libremente sus películas a los propietarios de cines estadounidenses sin censura alguna por parte del Gobierno de Estados Unidos, pero Pekín limita rigurosamente la cantidad de películas extranjeras que se permiten en el mercado chico, y aquellas permitidas están sujetas una severa censura política. Las empresas chinas establecidas en Estados Unidos no temen utilizar nuestro sistema legal imparcial para defender sus derechos; de hecho, acuden con frecuencia a los tribunales para hacer valer sus derechos frente el gobierno estadounidense. Esto no ocurre en el caso de las firmas extranjeras establecidas en China.

Esta falta de reciprocidad es inaceptable e insostenible.

Piensen en lo que ocurrió en el mercado siderúrgico. Pekín llevó adelante una sobreinversión masiva por parte de empresas chinas, la cual inundó el mercado mundial con acero barato. A diferencia de las empresas estadounidenses y otras firmas orientadas al mercado, las empresas chinas no necesitan obtener rentabilidad: simplemente se les inyecta otro crédito de un banco estatal cuando empiezan a escasear los fondos. Además, hacen poco por controlar la contaminación o por proteger los derechos de sus trabajadores, lo cual también ayuda a mantener bajos los costos. Como consecuencia, China ahora representa más de la mitad de la producción siderúrgica mundial, lo cual excluye a las empresas estadounidenses del mercado, al igual que las fábricas ubicadas en la India, México, Indonesia y Europa, entre otras.

Hemos visto este mismo modelo en lo que se refiere a paneles solares y baterías para automóviles eléctricos; se trata de sectores clave para la economía del siglo XXI que no podemos permitir que dependan exclusivamente de China.

Este tipo de manipulaciones económicas han costado millones de puestos de trabajo a la fuerza laboral estadounidense. Han dañado también a trabajadores y empresas de distintos países del mundo. Nos opondremos a las políticas y prácticas que distorsionan el mercado, como los subsidios y las barreras de acceso al mercado, que el gobierno chino ha utilizado durante años para obtener ventajas competitivas. Estimularemos la seguridad y resiliencia en las cadenas de suministro haciendo retornar la producción al país o mediante el aprovisionamiento de materiales de otros países en sectores sensibles, como el farmacéutico o el de los minerales críticos, de manera que no debamos depender de un solo proveedor. Nos uniremos contra la coerción y la intimidación económicas. Trabajaremos para asegurarnos de que las empresas estadounidenses no lleven adelante actividades comerciales que faciliten o se beneficien de violaciones de derechos humanos, incluido el trabajo forzado.

En resumen, lucharemos por los trabajadores y las industrias estadounidenses utilizando cada una de las herramientas con las que contamos, de la misma manera que sabemos que lo harán nuestros socios a favor de sus trabajadores.

Estados Unidos no tiene la intención de segregar a la economía china de la nuestra o de la economía mundial, aunque Pekín —a pesar de lo que dice— está buscando una disociación asimétrica que permita que China dependa menos del mundo y que el mundo dependa más de China. De nuestra parte, nos interesan el comercio y la inversión siempre y cuando sean justos y no pongan en peligro nuestra seguridad nacional. China tiene recursos económicos excepcionales, que incluyen una fuerza laboral muy capaz. Confiamos en que nuestros trabajadores y nuestras empresas puedan competir con éxito —y celebramos esa competencia— en condiciones equitativas.

Al tiempo que oponemos resistencia de manera responsable frente a prácticas económicas y tecnológicas desleales, trabajaremos para conservar los lazos “entre pueblos” que conectan a Estados Unidos con China, siempre que guarden coherencia con nuestros intereses y valores. Es probable que Pekín no esté dispuesta a modificar su conducta. Sin embargo, si toma medidas concretas para abordar nuestras inquietudes y las de muchos otros países, nuestras respuestas serán positivas.

La competencia no tiene por qué culminar en situaciones de conflicto. No es lo que buscamos. Y trabajaremos para evitarlo. No obstante, defenderemos nuestros intereses frente a las amenazas.

Con ese propósito, el presidente Biden instruyó al Departamento de Defensa que mantenga a China como el factor que marcará el ritmo en lo que refiere a cerciorarnos de que nuestras fuerzas militares estén un paso adelante. Buscaremos preservar la paz a través de un nuevo enfoque que llamamos “disuasión integrada”: sumaremos a aliados y socios, trabajaremos en las áreas convencionales, nucleares, espaciales e informativas, y aprovecharemos nuestras fortalezas recíprocas en materia de economía, tecnología y diplomacia.

El gobierno está trasladando las inversiones militares desde plataformas que fueron diseñadas para los conflictos del siglo XX hacia sistemas asimétricos de mayor rango, más fáciles de mover y más difíciles de encontrar. Estamos desarrollando nuevos conceptos para guiar cómo llevamos adelante las operaciones militares. Estamos diversificando la posición y la huella mundial de nuestras fuerzas, además de fortalecer nuestras redes, la infraestructura civil crítica y las capacidades espaciales. Vamos a ayudar a aliados y socios en la región con sus propias capacidades asimétricas.

Continuaremos oponiéndonos a las actividades agresivas e ilegítimas de Pekín en los mares de China Oriental y China Meridional. Hace casi seis años, un tribunal internacional resolvió que los reclamos de Pekín en el mar de China Meridional no tienen sustento en el derecho internacional. Apoyaremos a los estados costeros de la región en la defensa de sus derechos marítimos. Trabajaremos con los aliados y socios para defender la libertad de navegación y sobrevuelo, que ha facilitado la prosperidad de la región por décadas. Continuaremos volando y navegando donde sea que el derecho internacional lo permita.

Sobre Taiwán, nuestro enfoque ha sido coherente a lo largo de distintas décadas y durante diferentes gobiernos. Tal como lo manifestó el Presidente, nuestra política no ha cambiado. Estados Unidos continúa comprometido con nuestra política sobre “una sola China”, que se basa en la Ley de Relaciones con Taiwán, los tres Comunicados Conjuntos y las Seis Garantías. Nos oponemos a todo cambio unilateral en el statu quo de cualquiera de las partes; no apoyamos la independencia de Taiwán y esperamos que las diferencias entre la China continental y Taiwán se resuelvan de manera pacífica.

Tenemos un interés perdurable y continuo en la paz y la estabilidad en todo el Estrecho de Taiwán. Continuaremos defendiendo nuestros compromisos en virtud de la Ley de Relaciones con Taiwán a fin de asistir a Taiwán para mantener una capacidad suficiente de autodefensa y, tal como se indica en dicha ley, para “mantener nuestra capacidad de resistir a cualquier uso de la fuerza u otras formas de coerción que pondrían en peligro la seguridad o el sistema social o económico de Taiwán”. Gozamos de una sólida relación extraoficial con Taiwán, una democracia dinámica y una economía líder de la región. Continuaremos ampliando nuestra colaboración con Taiwán con respecto a nuestros diversos intereses y valores compartidos, apoyando la valiosa participación de Taiwán en la comunidad internacional y profundizando nuestros vínculos económicos, de manera coherente con nuestra política sobre “una sola China”.

Si bien nuestra política no ha cambiado, lo que sí se modificó es la creciente coerción de Pekín, por ejemplo, al intentar cortar las relaciones de Taiwán con distintos países del mundo y al bloquear su participación en organizaciones internacionales. Pekín ha asumido una actividad y una retórica cada vez más provocadoras, como el vuelo casi diario de aeronaves del Ejército Popular de Liberación cerca de Taiwán. Estas palabras y acciones resultan profundamente desestabilizadoras, generan el riesgo de errores de cálculo y constituyen una amenaza para la paz y la estabilidad del Estrecho de Taiwán. Como surge de las conversaciones que mantuvo el Presidente con aliados y socios de la región del Indopacífico, mantener la paz y la estabilidad en todo el estrecho no es algo que solo interese a Estados Unidos, sino una preocupación internacional que resulta fundamental para la seguridad y prosperidad regional y mundial.

Como lo señala habitualmente el presidente Biden, el único conflicto que es peor que un conflicto voluntario es uno involuntario. Manejaremos esta relación en forma responsable para evitar que esto ocurra. Hemos priorizado las comunicaciones en casos de crisis y las medidas de reducción de riesgos con Pekín. En esta cuestión, al igual que en todas las demás, seguimos abocados a nuestros denodados esfuerzos diplomáticos, paralelamente a una competencia enérgica.

Incluso al invertir, alinearnos y competir, trabajaremos con Pekín siempre que nuestros intereses coincidan. No podemos permitir que nuestros desacuerdos nos impidan avanzar sobre las prioridades que exigen que trabajemos juntos, por el bien de nuestros pueblos y del mundo entero.

Esto comienza por el clima. China y Estados Unidos tuvieron años de estancamiento en cuanto al clima, lo cual colocó al mundo una situación de parálisis, pero también hubo períodos de progreso de los cuales el mundo se benefició. La vía diplomática en materia climática lanzada en 2013 por Estados Unidos y China dio lugar a una tendencia mundial que derivó en el Acuerdo de París. El año pasado en la COP26, las esperanzas mundiales se vieron fortalecidas cuando Estados Unidos y China emitieron la Declaración Conjunta de Glasgow para colaborar en respuesta a las emisiones que generan desde el metano hasta el carbón.

El clima no es una cuestión ideológica. Es algo matemático. No existe manera posible de resolver el cambio climático sin el liderazgo de China, el país que produce el 28 % de las emisiones mundiales. La Agencia Internacional de la Energía dejó en claro que si China se atiene a su plan actual y no aumenta sus emisiones hasta 2030, el resto del mundo deberá llegar a cero para 2035. Y eso es sencillamente imposible.

Hoy cerca de 20 naciones son responsables del 80 % de las emisiones. China es la número uno. Estados Unidos es la número dos. A menos que todos hagamos mucho más y con mucha más rapidez, el costo financiero y humano será catastrófico. Además, competir en energía no contaminante y políticas climáticas puede redundar en beneficios para todos.

El avance conjunto que logran Estados Unidos y China —inclusive a través del grupo de trabajo establecido por la Declaración de Glasgow— es esencial para que podamos evitar las peores consecuencias de esta crisis. Insto a China a que se una a nosotros para acelerar el ritmo de estos esfuerzos compartidos.

Al igual que con la pandemia de COVID-19, nuestros destinos están unidos. Y nuestros pensamientos están con el pueblo chino, que se enfrenta a la ola más reciente. Nosotros también hemos soportado el doloroso calvario que significa la covid. Por eso estamos tan convencidos de que todos los países deben trabajar juntos para vacunar a la población mundial, no a cambio de favores ni concesiones políticas, sino por la simple razón de que ningún país estará seguro hasta que todos lo estén. Todas las naciones deben compartir datos y muestras en forma transparente, además de brindar acceso a los especialistas, con respecto a las nuevas variantes y los patógenos emergentes y reemergentes a fin de evitar que haya una próxima pandemia, incluso cuando todavía estamos lidiando con la actual.

En cuanto a la no proliferación y el control de armas, responde a los intereses de todos nosotros defender las reglas, las normas y los tratados que han reducido la proliferación de armas de destrucción masiva. China y Estados Unidos deben trabajar juntos y con otros países para abordar los programas nucleares de Irán y Corea del Norte. Estamos siempre dispuestos a conversar directamente con Pekín sobre nuestras respectivas responsabilidades como potencias nucleares.

Como parte de la lucha contra el tráfico de drogas ilícitas e ilegales, especialmente los opioides sintéticos –como el fentanilo– que mataron a más de 100.000 estadounidenses el año pasado, deseamos trabajar con China para impedir que las organizaciones de narcotráfico internacional obtengan precursores químicos, muchos de los cuales provienen de China.

Mientras la crisis alimentaria mundial amenaza a los pueblos de todo el mundo, tenemos la expectativa de que China —un país con grandes logros en materia de agricultura— contribuya con una respuesta global. La semana pasada, en las Naciones Unidas, Estados Unidos convocó a una reunión de ministros de Relaciones Exteriores para el fortalecimiento de la seguridad alimentaria mundial. Extendimos una invitación para que China participe. Y seguiremos haciéndolo.

A medida que la economía mundial se recupera de la devastación que dejó la pandemia, resulta fundamental la coordinación macroeconómica global entre Estados Unidos y China a través del G20, el FMI, otros foros y, por supuesto, a nivel bilateral. Esto forma parte de ser las dos economías más grandes del mundo.

En pocas palabras, asumiremos una relación constructiva con China siempre que nos sea posible, no en favor nuestro ni de terceros y nunca a cambio de abandonar nuestros principios, sino porque el mundo espera que las grandes potencias trabajen juntas para resolver los mayores desafíos y porque esto redunda en nuestro propio beneficio. Ningún país debe dejar de avanzar en cuestiones transnacionales existenciales debido a diferencias bilaterales.

La magnitud y el alcance del desafío que presenta la República Popular China pondrán a prueba la diplomacia estadounidense como nunca antes. Estoy decidido a ofrecer al Departamento de Estado y a nuestros diplomáticos las herramientas que necesitan para abordar este desafío como parte de mi agenda en materia de modernización. Esto incluye crear un Centro sobre China, es decir, un equipo integrado por miembros de todo el departamento que coordinará e implementará nuestra política con respecto a los distintos temas y regiones, trabajando con el Congreso según corresponda. Aquí debo hacer referencia a un equipo sobresaliente de nuestra embajada en Pekín y nuestros consulados en China, dirigidos por el embajador Nick Burns. Hacen un trabajo excepcional todos los días y muchos de ellos se han desempeñado en las últimas semanas a pesar de los estrictos confinamientos por la covid. Han persistido pese a las condiciones extremas. Estamos agradecidos por este magnífico equipo.

Nunca estuve más convencido del poder y la determinación de la diplomacia estadounidense, así como de nuestra capacidad para enfrentar los desafíos de esta década decisiva. Al pueblo estadounidense le propongo que nos volvamos a comprometer a invertir en nuestras fortalezas esenciales, en nuestro pueblo, en nuestra democracia y en nuestro espíritu innovador. Como suele decir el presidente Biden, nunca es bueno apostar contra Estados Unidos. Pero sí apostemos a nosotros mismos y ganemos la competencia del futuro.

A los países de todo el mundo comprometidos a crear un futuro abierto, seguro y próspero, los invito a que trabajemos en conjunto para defender los principios que hacen posible nuestro progreso compartido y a que reivindiquemos el derecho de cada nación a escribir su propio futuro. Al pueblo de China, le decimos que vamos a competir con confianza, vamos a colaborar en todo aquello que sea posible y nos opondremos cuando debamos hacerlo. No vemos ningún conflicto.

No hay motivo por el que nuestras grandes naciones no puedan convivir en forma pacífica y participar y contribuir juntas al progreso humano. A esto se reduce todo lo que he manifestado hoy: promover el progreso humano para dejar a nuestros hijos un mundo más pacífico, más próspero y más libre.

Muchísimas gracias por su atención. (Aplausos).

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