Johnny siembra tradiciòn de fiestones en Tamayo

 

Relato:

 

¡Increíble!: “Después del fiestón de Johnny, aquí

se tocaban dos, tres y hasta cuatro fiestas en una patronal…”

 

Por Emiliano Reyes Espejo

ere.prensa@gmail.com

 

Los únicos tormentos que asomaron a la casi paradisíaca vida de los habitantes de esta población fueron las riadas, los desbordes sorpresivos, irrefrenables y desmesurados del río Yaque del Sur, causa conocida de intermitentes amarguras, de secuelas, angustias, daños a plantaciones, a negocios y a los pobladores.

Los habitantes de aquí resurgen cada cierto tiempo como el ave fénix. Se sobreponen a los avatares de las riadas, aferrándose a una especie de ritual de resucitación. Por cada inundación del río, Tamayo renace de nuevo y ¡con más fe! Algo al parecer divino lleva a estos pobladores a olvidar las tragedias, superar la melancolía y remediar la realidad volviendo a los sembradíos, a los tragos de ron, de café, a las fiestas y a la bohemia.

Nos cuenta el profesor universitario José Reyes que después de aquella memorable fiesta que amenizó Johnny Ventura en unas patronales, contratado por un grupo de mozalbetes de la Sociedad Artística Tamayense (SAT) en esta pequeña comunidad de Tamayo  llegaron a presentarse dos, tres y hasta cuatro fiestas a la vez, tocadas por las principales orquestas del país.

-“Esto es increíble. La gente no quería perderse a ninguna de las orquestas y cuando terminaba un set con una, salía corriendo para ir a bailar con la otra, una cosa de locos”, expresó Reyes para resaltar ese espíritu festivo que esconde rasgos melancólicos propios de tamayenses,  algunos de los cuales ahogan sus penas en interminables bebentinas y festejos.

Después de los desbordes de ríos y otras calamidades, la gente aquí celebra el amor con una estancia sencilla, macilenta, sin importarle nada, viven solo el día a día en la rutina de las vueltas en el parque, la cerveza y los viajes a la capital, a España, Nueva York y otras ciudades. “…buscando la vida, buscando la muerte, eso nunca se sabe; quizá buscando siluetas o algo semejante que fuera adorable… (Canción El elegido, de Silvio Rodríguez)”. Quizá buscando el futuro y encontrando la muerte, como acaba de ocurrir con el reconocido locutor Manuel (Manny) Méndez, un talento que emigró del barrio pobre El Alto de las Flores de esta localidad después de convertirse en un potente locutor.

La minoría opta por viajar a Barahona y a Santo Domingo a estudiar una carrera que le abra las puertas del progreso. En el paquete que seguimos para la capital se pueden citar a verdaderas glorias locales y nacionales, como Cheo Zorrilla, Osvaldo Santana, José Reyes, Manuel Otilio Pérez, Fernando Arias, Benny Sadel, Rento Arias y César Cordero (Momento) Tomàs Aquino Mèndez, Germàn Reyes, entre otros. Ya antes se habían marchado Papucho, el saxofonista estrella de Johnny Ventura; Manuel Antonio Matos Moquete (Premio Nacional de Literatura) y su hermano Plinio Matos Moquete, y Radhamès Méndez Vargas, entre otra pléyade de profesionales.

“La suerte de nosotros lo que vivimos aquí en este martirizado terruño, es que estos perjuicios se presentan sólo en tiempos de tormentas tropicales y huracanes”, razonó Don Cuyo, figura pintoresca de la localidad que tenido como un orate, a veces se tornaba meditabundo, reflexivo frente a estos acontecimientos temporales.  

Ya desvencijado por el paso del tiempo, y sostenida su cintura con un fuerte amarre con “tela de macario”, Don Cuyo se estacionaba en una silla de guano y madera y exhalaba una enorme bocanada de humo de su cigarro “papuché”, lo cual disfrutaba con un jarro de aluminio casi rebosado de café acompañado de sendos panes calientes acabados de salir del horno.

Las riadas no solo destruyen las plantaciones de plátano y guineo, las matas de frutales (cocos, mangos, aguacates, guayabas, lechosas y sembradíos de caña) sino que además, obligaba a los pobladores a encaramarse en “soberados” construidos en lo alto, próximo al techo de las viviendas, para evitar ser arrastrados, especialmente los niños, por las avenidas turbulentas de las aguas del río.

Y aunque se corrió peligro, los niños y más jóvenes recuerdan también como disfrutaban apetitosas comidas calientes que los adultos cocinan en fogones de leña improvisados sobre taburetes de madera o muros de tierra, en medio de las aguas que llegaban hasta “el tope de la cintura”. Hasta que bajaban las inundaciones en las casas.

La pobreza era latente y se afianzaba después de los desbordes del río. Pero eso no alteraba el discurrir de esta comunidad que mostraba sus mejores dotes solidarias. “Dios proveerá”, dice la expresión bíblica que se replica con extremada frecuencia cuando la gente, en medio de la pesadumbre, no tenía reparo en compartir de lo poco que le quedaba de la desgracia.

Los desbordes del río, aunque causaban estragos, arrastraban también lodos que fertilizan aquellas tierras pródigas que producen el conocido “plátano tamayero”, aquel que se pregona como banano de otros litorales y que tiene tamaño, calidad y sabor que lo coloca entre los más cotizados y apetecidos del mercado.

Aunque se trata de un poblado pequeño, Tamayo se beneficia del movimiento económico que genera la explotación cañera de la industria azucarera, encarnada entonces en el otrora ingenio Barahona. La relativamente cómoda situación que tenían los lugareños, dio lugar a la llegada de una égida de comerciantes (especialmente de ascendencia árabe) que instalaron allí tiendas y otros negocios. También servidores públicos que trabajaron como maestros, en la oficina de Correos, banda de música y policías.

Con ellos llegaron sus familias y sus hermosas niñas adolescentes que despertaban requiebros amorosos en aquella juventud imberbe que idealiza la conquista del amor de estas bellas chicas.

Asistíamos a las escuelas y liceos en las mañanas, pero en horas de tarde y de noche, como había pocos atractivos más que las andanzas por ríos, canales y cañaverales, “matábamos” el tiempo conversando en los bancos de la avenida Libertad, donde nos distraemos parlando sobre quiméricas conquistas amorosas.

Nos íbamos a la pequeña rotonda de “Los tres bancos'', al parque y a los bancos ubicados en el centro de la avenida Libertad, entre envejecidos árboles de pinos  y frente a las tiendas de Nayo Méndez, Adolfo Morales y Federico Abud, entre otros comerciantes. Estos lugares servían de refugio a la muchachada que sin percatarse quedaba atrapada en este pequeño círculo vicioso. Allí se producían ingenuas conversaciones de párvulos que hacían cuentos inventados de  historias inverosímiles que se extendían hasta muy tarde en la noche.

Pese a los sucesos, esta pequeña comunidad del Sur se la ingenia para estar alegre y disfrutar también de las vicisitudes que causan los temporales. Y en ese ínterin un grande entre los más grandes, don Johnny Ventura, tal vez sin proponérselo, sembró allí una semilla de alegría y fiestas convertida en una tradición.   

Antes de Johnny las patronales se celebraban en la vellonera del bar de Fabio Feliz y su hijo Perico (en el cual se leía a su entrada: Con Trujillo Siempre), y en el Bar Tamayo, de Renatico Arias. Pero después de esa primera fiesta de Johnny en el edificio del Partido Dominicano, las cosas cambiaron, “se soltó el loco”.

-“Tamayo como pueblo amante de la buena música-nos narra el profesor José Reyes- recibió luego en varias ocasiones al Combo Show de Johnny Ventura al igual que las demás orquestas de ese momento, Rafael Solano, Cheché Abreu, Félix del Rosario, Fernando Villalona y Los Diplomáticos, entre otros”.

“La inclinación por la música y el baile era tal que en ocasiones de celebración de las patronales (13 de junio, patrón San Antonio de Padua) nos visitaban tres y cuatro grupos musicales, dos grupos por día y los establecimientos se abarrotaban "de bote en bote”, agregó.

Reyes relató que “algunas personas al finalizar un set con una orquesta salían veloz hacia el otro bar o restaurante a disfrutar de la otra agrupación musical”.

“Cabe destacar la condición de pueblo de músicos, cantantes y bailarines de Tamayo. Entre los años 1980-2000 era raro que un músico tamayense no formara parte de alguna orquesta o grupo musical de República Dominicana”, resaltó quien fuera activista político, artista, gestor cultural y director del liceo secundario y ahora profesor universitario.  Apuntó Reyes que en Tamayo (producto de la imbricación de la morriña y la fiesta) “hemos tenido destacados compositores,  arreglistas y cantantes como Cheo Zorrilla, Armando Olivero, Raldy Ramírez, Enrique Feliz, Fernando Arias, José Reyes, Joel Rosario, Rento Arias, César Cordero (Momento Brito), Bartolìn Arias, entre otros”.

Precisa que algunos de los mencionados fueron artistas o cantantes locales, pero resaltan porque lo hacían con profesionalidad. Arelys Méndez, Albarino Duval y el propio José Reyes se distinguían por sus actuaciones en esta pequeña comunidad. “Cabe mencionar a Alexander Rodríguez (fallecido) junto al cual fuimos considerados de los últimos “serenateros” de Tamayo”. “Alexander era excelente guitarrista, también cantaba”, recuerda con un dejo de nostalgia el profesor Reyes.

Refirió que cuando iba a partir para Santo Domingo a estudiar el comerciante Renatico Arias, hermano del reputado compositor Fernando Arias y tío del cantante y compositor Rento Arias, me hizo una despedida en el Bar La Torre de su propiedad y uno de sus comentarios fue: “Se nos va el último serenatero que nos quedaba".

Reyes era el cantante principal en las veladas de la Sociedad Artística Tamayense (SAT) además de actor. En tiempos de celebraciones del Día de las madres acostumbraba llevar serenata a las madres de sus amigos, faena que empezaba a la una de la madrugada y finaliza en ocasiones a las seis de la mañana.

“Ya para entonces ejecutaba mi propia guitarra, la cual conservo hasta la fecha en excelentes condiciones”, refirió. “Con esa guitarra –agregó-llegó Fernando Villalona a acompañarse cuando asistía a presentaciones los jueves al Show del Mediodía estando yo ya en Santo Domingo como estudiante universitario”.

Al parecer el paso por la pequeña comunidad de Tamayo del Caballo Mayor, Johnny Ventura, con su estela de sabrosos merengues como “La agarradera”, “Llegó el cuabero”, “Los Indios”, entre otros no menos populares, no solo creó una codiciada plaza para otras orquestas de la época, sino que sembró allí un ambiente de fiesta que ha perdurado por los años de los años.

*El autor es periodista

26 de agosto de 2021.

 

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