Aquí entre nos: Leandro Guzmán


 Aquí entre nos:

 

 

                                                Leandro Guzmán

 

Por Alexis Almonte

 

 

En este día de su fallecimiento, a la edad de 88 años, estoy recordando la primera vez que lo ví personalmente y la agradable impresión que me causó.

 

Iniciaba mi carrera periodística y él, director del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INDRHI), figuraba entre los primeros funcionarios del gobierno presidido por el extinto don Antonio Guzmán (qepd).

 

Como cubría la fuente de La Feria, el INDRHI estaba entre las instituciones que tenía que visitar cada día  en busca de informaciones.

 

Antes de presentarme por primera vez ante él como reportero asignado había escuchado abundantemente sobre el historial y trayectoria del viudo de la heroína cuyos verdugos habían descrito en el célebre juicio por asesinato como "la muchacha de las trenzas"; o sea, María Teresa Mirabal.

 

Fundador del 14 de Junio, luchador por la libertad durante toda su vida, sobreviviente de inenarrables torturas en la ergástula inmunda de La 40 y, más significativo aún, esposo de la menor de las hermanas Mirabal, la figura del ingeniero Leandro Guzmán tenía que ser necesariamente interesante.

 

Con todo y su dilatada y estoica trayectoria en la búsqueda de la libertad de su pueblo, el fenecido personaje fue siempre un hombre modesto y reservado.

 

 

 En un país con tanta gente hilvanando aureolas de heroísmo sobre la base de premisas muchas veces inventadas, el ingeniero Guzmán jamás se ufanó ni vanaglorió, ni exaltó protagonismo de nada, ni pasó factura por sus inestimables e ingentes servicios patrióticos.

 

De nuestras relaciones de reportero-funcionario, tengo emocionantes recuerdos.

 

Recibí de él como obsequio navideño, en el albor de los años 80, una pluma o bolígrafo plateado y estampado con mi nombre y apellido, que conservé durante años como una reliquia.

 

Una vez, al coincidir en Las Manaclas conmemorando la ejecución de su concuñado y compañero de lucha Manolo Tavarez, me le acerco tímidamente, le muestro la pluma y le digo: "ingeniero, ¿qué le recuerda esta pluma?". Mira y examina fijamente el bolígrafo y luego clava los ojos sobre mí. como buscando respuesta y le digo: "es un regalo suyo. cuando dirigía el INDRHI". Vuelve a mirarme, esta vez con una amplia sonrisa, y me dice: "! muchacho, pero tú sí que conservas!" y entonces le digo: "se lo diré con franqueza, la conservo no por su valor en sí sino por el significado de haberla recibido de una persona que me inspira admiración y respeto".

 

Otro recuerdo no es tan agradable. Fue una vez que se hizo acompañar de   los periodistas que cubríamos la fuente en un recorrido de inspección por algunos canales y presas en el suroeste y en un aparte me tomo la confianza de desentrañar una curiosidad que albergaba en mi y le pregunto: "ingeniero, yo estuve leyendo que usted se enteró del asesinato de su esposa al salir de la cárcel, a la muerte de Trujillo, yo imagino su impresión, su tristeza" y no me respondió. Elevó la mirada a las alturas, los ojos se le nublaron y a partir de ahí perdió el entusiasmado. Luego lo noté reservado y sombrío. 

 

Aquello me avergonzó. Tuve la impresión de haber sido imprudente al remover las cenizas de su dolor, luego al finalizar el recorrido, ya él con otro semblante más distendido, pensé disculparme, pero gracias a Dios no lo hice. Habría sido otra metedura de pata.

 

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