Declaraciones del secretario de Estado de EE. UU. Antony J. Blinken en la Fundación Bahía de Chesapeake: “Abordar la crisis y aprovechar la oportunidad: Liderazgo de Estados Unidos respecto al clima mundial”



Departamento de Estado de Estados Unidos
Oficina del Portavoz
Washington, D.C.
19 de abril de 2021

DISCURSO

Centro medioambiental Philip Merrill
Annapolis (Maryland)
19 de abril de 2021

SECRETARIO BLINKEN: Bueno, buenas tardes a todos. Y Will, gracias por una maravillosa introducción. Y gracias por prestarnos este escenario y telón de fondo absolutamente espectaculares, sin duda el mejor escenario y telón de fondo que he tenido en mi corto tiempo como secretario. Y muchas gracias a la Fundación Bahía de Chesapeake por su duradero compromiso para salvar la bahía.

La Bahía de Chesapeake se formó hace casi 12.000 años por el deshielo de los glaciares. Hoy en día, se extiende 200 millas y es el hábitat de más de 3.600 especies de plantas y animales. Cien mil ríos y arroyos vierten cada día más de 50.000 millones de galones de agua en la bahía. Más de 18 millones de personas viven en la cuenca, y muchas dependen de ella para vivir. Solo la industria local del marisco proporciona unos 34.000 puestos de trabajo y casi 900 millones de dólares de ingresos anuales.

Y, sin embargo, como aludió Will, el calentamiento de las temperaturas provocado por la actividad humana está transformando la bahía. El nivel de su agua está subiendo. Y el terreno, incluido el lugar donde me encuentro ahora mismo, se está hundiendo debido al deshielo de los glaciares que formaron la bahía. Si esto continúa al ritmo actual, en sólo 80 años la bahía se extenderá millas hacia el interior, arrasando los hogares de 3 millones de personas, destruyendo carreteras, puentes y granjas. Muchas de las plantas y animales de la bahía morirán. También lo hará la industria pesquera. Para los hijos de mis hijos, el paisaje será irreconocible.

Tenemos que impedir que esto ocurra mientras podamos.

Por eso el presidente Biden tomó medidas para volver a adherirse al Acuerdo de París nada más tomar posesión, y nombró al secretario Kerry como primer enviado presidencial especial de nuestro país para asuntos sobre el clima para que dirija nuestros esfuerzos en todo el mundo. También es la razón por la que el presidente Biden invitó a 40 líderes mundiales a Washington esta semana para una cumbre sobre el clima.

Y por eso la administración Biden-Harris hará más que ninguna otra en la historia para hacer frente a nuestra crisis climática. Este es ya un esfuerzo de todos los miembros de nuestro gobierno y de toda la nación. Nuestro futuro depende de las decisiones que tomemos hoy.

Como secretario de Estado, mi trabajo consiste en garantizar que nuestra política exterior sea útil para el pueblo estadounidense, asumiendo los mayores retos a los que se enfrente y aprovechando las mayores oportunidades que puedan mejorar su vida. Ningún reto refleja más claramente las dos caras de esta moneda que el clima.

Si Estados Unidos no consigue liderar el mundo en la lucha contra la crisis climática, no nos quedará mucho mundo. Si tenemos éxito, aprovecharemos la mayor oportunidad de crear empleos de calidad en generaciones; construiremos una sociedad más equitativa, sana y sostenible; y protegeremos este magnífico planeta. Esa es la prueba a la que nos enfrentamos ahora.

Hoy quiero explicar cómo la política exterior estadounidense nos ayudará a superar esa prueba.

No hace mucho tiempo, teníamos que imaginar el impacto del cambio climático. Ya nadie tiene que imaginarlo.

En los últimos 60 años, cada década ha sido más calurosa que la anterior.

Los fenómenos meteorológicos son cada vez más extremos. Durante la ola de frío de este mes de febrero, las temperaturas desde Nebraska hasta Texas fueron de más de 40 grados por debajo de lo normal. Solo en Texas, miles de personas se quedaron sin hogar, más de 4 millones de personas se quedaron sin calefacción y sin electricidad, y más de 125 personas fallecieron. Puede parecer contradictorio que el calentamiento global provoque un clima frío. Pero a medida que el Ártico se calienta, el clima frío es empujado hacia el sur, y eso puede contribuir a olas de frío récord como la de Texas.

La temporada de incendios forestales de 2020 quemó más de 10 millones de acres. Eso es más que el estado de Maryland entero.  Hemos visto cinco de los seis mayores incendios forestales de la historia de California, y el mayor incendio forestal de la historia de Colorado.

En conjunto, las catástrofes naturales de 2020 costaron a Estados Unidos unos 100.000 millones de dólares.

Mientras tanto, 2019 fue el año más lluvioso registrado en los 48 estados inferiores. Las fuertes lluvias e inundaciones impidieron a los agricultores de las zonas del medio oeste y de las grandes llanuras plantar 19 millones de acres de cultivos.

Y entre 2000 y 2018, el suroeste estadounidense experimentó su peor sequía desde el siglo XVI, el siglo XVI.

Se nos están acabando los récords a batir.

Los costes, en daños monetarios, medios de vida, vidas humanas, siguen aumentando.

Y a menos que le cambiemos la situación, esta va a empeorar.

Tormentas más frecuentes e intensas; periodos de sequía más largos; inundaciones más grandes; calor y frío más extremos; aumento más rápido del nivel del mar; más personas desplazadas; más contaminación; más asma.

Mayores costes sanitarios; temporadas menos predecibles para los agricultores. Y todo ello afectará en mayor medida a las comunidades de bajos ingresos, negras y morenas.

La última parte es importante. Los costos de la crisis climática recaen de forma desproporcionada en las personas de nuestra sociedad que menos pueden pagar. Pero también es cierto que abordar el cambio climático ofrece una de las herramientas más poderosas que tenemos para luchar contra la desigualdad y el racismo sistémico. La forma en que respondemos puede ayudar a romper el ciclo.

Todas estas son razones por las que debemos conseguir evitar una catástrofe climática. Pero el mundo ya se ha quedado atrás en los objetivos que establecimos hace seis años con el Acuerdo de París, y ahora sabemos que esos objetivos no iban lo suficientemente lejos para empezar. Hoy, la ciencia es inequívoca: Tenemos que mantener el calentamiento de la Tierra en 1,5 grados centígrados para evitar una catástrofe.

Estados Unidos tiene un papel clave en la consecución de ese objetivo. Sólo tenemos alrededor del 4 por ciento de la población mundial, pero contribuimos con casi el 15 por ciento de las emisiones globales. Eso nos convierte en el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo. Si hacemos nuestra parte en nuestro país, podemos contribuir de forma significativa a abordar esta crisis.

Pero eso no será suficiente. Aunque Estados Unidos lograra mañana cero emisiones netas, perderemos la lucha contra el cambio climático si no somos capaces de hacer frente a más del 85 por ciento de las emisiones procedentes del resto del mundo.

No alcanzar (los objetivos) tendrá importantes repercusiones en nuestra seguridad nacional.

Elijan cualquier problema de seguridad que afecte a Estados Unidos. El cambio climático lo empeorará.

El cambio climático exacerba los conflictos existentes y aumenta las posibilidades de que surjan otros nuevos, sobre todo en países donde los gobiernos son débiles y los recursos escasos. De los 20 países que la Cruz Roja considera más vulnerables al cambio climático, 12 ya están sufriendo conflictos armados. A medida que los recursos esenciales, como el agua, disminuyan y los gobiernos tengan dificultades para satisfacer las necesidades de una población creciente, veremos más sufrimiento y más conflictos.

El cambio climático también puede crear nuevos escenarios de conflicto. En febrero, un tanquero de gas ruso navegó por la ruta marítima septentrional del Ártico por primera vez. Hasta hace poco, esa ruta sólo era transitable unas pocas semanas al año. Pero con el calentamiento del Ártico al doble del promedio mundial, ese periodo se está alargando más. Rusia está aprovechando este cambio para tratar de ejercer el control sobre nuevos espacios. Está modernizando sus bases en el Ártico y construyendo otras nuevas, incluida una a tan solo 300 millas de Alaska. China también está aumentando su presencia en el Ártico.

El cambio climático también puede ser un desencadenante para la migración. En 2020 se produjeron 13 huracanes en el Atlántico, el mayor número registrado. América Central se vio especialmente afectada.  Las tormentas destruyeron los hogares y los medios de subsistencia de 6,8 millones de personas en Guatemala, Honduras y El Salvador, y arrasaron cientos de miles de hectáreas de cultivos, lo que provocó un aumento masivo del hambre. Meses después de las tormentas, pueblos enteros siguen sumergidos en el lodo, y la gente está arrancando trozos de sus casas enterradas para venderlos como chatarra.

Cuando las catástrofes golpean a personas que ya viven en la pobreza y la inseguridad, a menudo pueden ser la gota que colma el vaso, empujándolas a abandonar sus comunidades en busca de un lugar mejor para vivir. Para muchos centroamericanos, eso significa intentar llegar a Estados Unidos, incluso cuando se dice repetidamente que la frontera está cerrada, y aunque el viaje conlleve tremendas dificultades, especialmente para las mujeres y las niñas que se enfrentan a un mayor riesgo de violencia sexual.

Todos estos retos están exigiendo más a nuestros militares. La Academia Naval de los Estados Unidos está a sólo cinco millas al norte de aquí, y la Estación Naval de Norfolk, la mayor base naval del mundo, a unas 200 millas al sur. Ambas bases, y las misiones críticas que apoyan, se enfrentan a una amenaza inminente por el cambio climático. Y éstas son sólo dos de las docenas de instalaciones militares que el cambio climático pone en peligro. Además, nuestros militares suelen responder a los desastres naturales, que son cada vez más frecuentes y más destructivos. En enero, el secretario de Defensa Austin anunció que el ejército integraría inmediatamente el cambio climático en su planificación y operaciones y en su forma de evaluar los riesgos. Como dijo el secretario Austin, y cito: “Hay pocas cosas que el departamento hace para defender al pueblo estadounidense que no se vean afectadas por el cambio climático”.

Dicho esto, sería un error pensar en el clima sólo a través del prisma de las amenazas. He aquí la razón. Todos los países del planeta tienen que hacer dos cosas: reducir las emisiones y prepararse para los impactos inevitables del cambio climático. La innovación y la industria estadounidenses pueden estar a la vanguardia de ambas cosas. A esto se refiere el presidente Biden cuando dice, cito: “Cuando pienso en el cambio climático, pienso en puestos de trabajo”, termina la cita.

Para darles una idea de la escala, consideremos que, para 2040, el mundo se enfrentará a un déficit de infraestructuras de 4,6 billones de dólares. Estados Unidos tiene un gran interés en cómo se construye esa infraestructura. No sólo si crea oportunidades para los trabajadores y las empresas estadounidenses, sino también si es ecológica y sostenible, y si se realiza de forma transparente, respetando los derechos de los trabajadores, dando voz a la población local y no endeudando a los gobiernos y comunidades en desarrollo. Esta es una oportunidad para nosotros.

O consideremos las enormes inversiones que los países están haciendo en energía limpia. Las energías renovables son ahora la fuente de electricidad más barata en países que contienen dos tercios de la población mundial. Y se prevé que el mercado mundial de las energías renovables alcance los 2,15 billones de dólares para 2025. Eso es más de 35 veces el tamaño del mercado actual de las energías renovables en Estados Unidos. Los técnicos de energía solar y eólica ya se encuentran entre los puestos de trabajo de más rápido crecimiento en Estados Unidos.

Es difícil imaginar a Estados Unidos ganando la competencia estratégica a largo plazo con China si no podemos liderar la revolución de la energía renovable. Ahora mismo, nos estamos quedando atrás. China es el mayor productor y exportador de paneles solares, turbinas eólicas, baterías y vehículos eléctricos. Tiene casi un tercio de las patentes de energías renovables del mundo. Si no nos ponemos al día, Estados Unidos perderá la oportunidad de configurar el futuro climático del mundo de una manera que refleje nuestros intereses y valores, y perderemos innumerables puestos de trabajo para el pueblo estadounidense.

Permítanme ser claro: el objetivo principal de nuestra política climática es prevenir la catástrofe. Estamos apoyando a todos los países, empresas y comunidades para que mejoren la reducción de las emisiones y la creación de resiliencia.

Pero eso no significa que no tengamos interés en que Estados Unidos desarrolle esas innovaciones y las exporte al mundo. Y no significa que no tengamos interés en la forma en que los países reducen sus emisiones y se adaptan al cambio climático. Así que ¿cómo podemos hacer eso?

Podemos empezar liderando con el poder de nuestro ejemplo. Mientras trabajamos para alcanzar nuestros ambiciosos objetivos climáticos, los siguientes principios básicos guiarán nuestro enfoque.

Aumentaremos significativamente nuestra inversión en investigación y desarrollo de energías limpias, porque es la forma de catalizar los avances que benefician a las comunidades estadounidenses y crean puestos de trabajo en Estados Unidos.

En todas nuestras inversiones climáticas, nuestro objetivo será no sólo promover el crecimiento, sino también la equidad. Seremos inclusivos y nos centraremos en proporcionar a los estadounidenses de todo el país, y de diversas comunidades, empleos bien remunerados y la oportunidad de afiliarse a un sindicato.

Daremos poder a los jóvenes, no sólo porque soportarán más las consecuencias del cambio climático, sino también por la urgencia, el ingenio y el liderazgo que han demostrado para afrontar esta crisis.

Reclutaremos a estados, ciudades, empresas grandes y pequeñas, la sociedad civil y otras coaliciones como socios y modelos. Otros han estado haciendo un trabajo innovador en este campo durante mucho tiempo. Los apoyaremos y compartiremos las prácticas óptimas.

Y esto es importante: seremos conscientes de que, a pesar de todas las oportunidades que ofrece el inevitable cambio a la energía limpia, no todos los trabajadores estadounidenses saldrán ganando a corto plazo. Algunos medios de vida y comunidades que dependían de las antiguas industrias se verán muy afectados. No dejaremos atrás a esos estadounidenses. Ofreceremos a nuestros compatriotas vías de acceso a medios de vida nuevos y sostenibles, y les apoyaremos en esta transición.

Nada más tomar posesión del cargo, el presidente Biden creó el “Grupo de trabajo interinstitucional sobre comunidades de carbón y centrales eléctricas y revitalización económica”. Este grupo está trabajando en todo el gobierno para identificar y entregar recursos federales para revitalizar la economía local de las comunidades de carbón, petróleo, gas y centrales eléctricas, y asegurar beneficios y protecciones para los trabajadores de esas mismas comunidades. Y como parte de su “Plan de empleos estadounidenses”, el presidente propuso una inversión inicial de 16.000 millones de dólares para poner a cientos de miles de personas a trabajar en empleos sindicales tapando pozos y minas de petróleo y gas abandonados.

Si somos capaces de mantenernos fieles a estos principios al tiempo que cumplimos con nuestros objetivos climáticos, demostraremos que somos un modelo que otros países querrán seguir y al que querrán asociarse.

Teniendo en cuenta estos valores, he aquí cómo el Departamento de Estado aprovechará nuestra política exterior para cumplir con el pueblo estadounidense en materia de clima.

En primer lugar, situaremos la crisis climática en el centro de nuestra política exterior y de seguridad nacional, tal y como nos pidió el presidente Biden en su primera semana de mandato. Eso significa tener en cuenta cómo cada compromiso bilateral y multilateral, cada decisión política, repercutirá en nuestro objetivo de situar al mundo en una senda más segura y sostenible. También significa garantizar que nuestros diplomáticos tengan la formación y las habilidades necesarias para elevar el clima en nuestras relaciones en todo el mundo.

Ahora bien, lo que no significa es tratar los progresos de otros países en materia de clima como una ficha que puedan utilizar para excusar el mal comportamiento en otras áreas que son importantes para nuestra seguridad nacional. La administración Biden-Harris está unida en esto: El clima no es una carta de intercambio: es nuestro futuro.

Me complace especialmente que el presidente Biden haya nombrado a mi amigo John Kerry como nuestro enviado presidencial especial para Asuntos del Clima. Nadie tiene más experiencia ni es más eficaz a la hora de convencer a otros países de que eleven sus ambiciones climáticas. Necesitamos que todo el mundo se centre en tomar medidas ahora, y a lo largo de esta década, para promover la consecución de cero emisiones globales netas para 2050.

Estoy con John al cien por cien en este esfuerzo. Los líderes de las demás agencias del Gobierno de Estados Unidos también lo están. Y su liderazgo será indispensable para introducir el clima en el tejido de todo lo que hacemos en el Departamento de Estado.

En segundo lugar, a medida que otros países avancen, el Departamento de Estado movilizará recursos, conocimientos institucionales y experiencia técnica de todo nuestro gobierno, el sector privado, las ONG y las universidades de investigación para ayudarles. Solo en las últimas semanas, hemos anunciado nuevos fondos para emprendimientos de energías limpias y mercados de energías renovables más eficientes en Bangladés y para ayudar a las pequeñas empresas de la India a invertir en energía solar.  Estas inversiones nos hacen avanzar hacia nuestros objetivos climáticos y llevan el acceso a la energía a personas que nunca antes lo habían tenido.

En tercer lugar, haremos hincapié en la ayuda a los países más afectados por el cambio climático, la mayoría de los cuales carecen de los recursos y la capacidad para hacer frente a sus efectos desestabilizadores. Esto incluye a los pequeños estados insulares en desarrollo, algunos de los cuales se están hundiendo literalmente en el océano debido al aumento del nivel del mar. En 2020, solo el 3 por ciento de la financiación para el clima se destinó a estos países. Tenemos que arreglar eso. Para ello, Estados Unidos está desplegando expertos y tecnología en las islas vulnerables del Pacífico y el Caribe para mejorar los sistemas de alerta temprana y respuesta, y estamos invirtiendo en la creación de resiliencia en áreas como la infraestructura y la agricultura.

En cuarto lugar, nuestras embajadas liderarán sobre el terreno. Ya lo están haciendo, ayudando a los gobiernos a diseñar y aplicar políticas inteligentes desde el punto de vista climático, al tiempo que buscan formas de aprovechar las ventajas únicas de los sectores público y privado de Estados Unidos. El mes pasado, la empresa estadounidense Sun Africa puso la primera piedra de dos enormes instalaciones de energía solar en Angola, entre ellas la de Biopio, de 144 megavatios. Cuando esté terminada, será la mayor instalación solar de todo el África subsahariana. El proyecto proporcionará energía suficiente para 265.000 hogares y eliminará 440.000 galones de combustible diésel de alto contenido en carbono que Angola importa y quema cada año. Además, se espera que este proyecto utilice unos 150 millones de dólares en equipos de energía solar exportados desde Estados Unidos. Este esfuerzo es bueno para el pueblo angoleño, bueno para el clima y bueno para los empleos y las empresas estadounidenses. Y sencillamente no habría ocurrido si no fuera por los esfuerzos de nuestros diplomáticos.

En quinto lugar, utilizaremos todas las herramientas de nuestra cartera para hacer que los innovadores de energía limpia de Estados Unidos sean más competitivos en el mercado mundial. Esto incluye el aprovechamiento de instrumentos como la financiación proporcionada por el Banco de Exportación e Importación para incentivar las exportaciones de energía renovable; la propuesta de ampliación de créditos fiscales para la generación y el almacenamiento de energía limpia en el Plan de empleos estadounidenses del Presidente; y los esfuerzos en curso de la administración para nivelar las condiciones mundiales para los productos y servicios fabricados en Estados Unidos.

Estos tipos de apoyos pueden tener un impacto enorme, sobre todo porque el mercado actual de las energías renovables es solo una pequeña fracción del mercado que está por surgir. Además de los paneles solares, las turbinas eólicas y las baterías, hay más de 40 categorías adicionales de energía limpia, como el hidrógeno limpio, la captura de carbono y las energías renovables de próxima generación, como la energía geotérmica mejorada. Nadie ha reclamado aún el dominio de estas prometedoras tecnologías. Y, con un impulso de nuestra política interior y exterior, cada una de ellas puede ser liderada y fabricada por Estados Unidos.

Una empresa emergente de Massachusetts, llamada Boston Metal, muestra cómo puede hacerse. La empresa es pionera en un nuevo proceso que puede producir acero y otros metales de forma más eficiente y con menores costes, a la vez que produce menos contaminación. La mayor parte del sector siderúrgico estadounidense ya utiliza tecnologías limpias, pero el director general de la empresa, un inmigrante brasileño, vio un mercado sin explotar en países como Brasil, donde Boston Metal se está asociando con la industria para sustituir las formas más antiguas y sucias de fabricar acero. Esta empresa está creando puestos de trabajo de calidad y bien pagados en Estados Unidos. El acero es una industria global de 2,5 billones de dólares, y muchos de los productores del mundo tendrán que dar un salto similar. Estados Unidos puede ayudarles a hacerlo.

En sexto lugar, nuestros diplomáticos desafiarán las prácticas de los países cuya acción o inacción  haga retroceder al mundo. Cuando los países sigan dependiendo del carbón para una cantidad significativa de su energía, o inviertan en nuevas fábricas de carbón, o permitan una deforestación masiva, escucharán a Estados Unidos y a nuestros socios sobre lo perjudicial de estas acciones.

Y por último, aprovecharemos todas las oportunidades que tengamos para plantear estas cuestiones a nuestros aliados y socios, así como a través de las instituciones multilaterales. En la OTAN, por ejemplo, existe un consenso sobre la necesidad de adaptar nuestra preparación militar a la inevitabilidad del cambio climático y reducir la dependencia de las fuerzas de los Aliados de los combustibles fósiles, que es tanto una vulnerabilidad como una importante fuente de contaminación. Sé que el secretario general Stoltenberg, que ha calificado el clima de “multiplicador de amenazas”, se toma tan en serio como nosotros la cuestión del cambio climático.

Transmitiremos un mensaje contundente en la reunión del G7 del próximo mes, cuyos miembros producen una cuarta parte de las emisiones mundiales. Y representaré a Estados Unidos en la reunión ministerial del Consejo Ártico del mes que viene, donde reafirmaré el compromiso de Estados Unidos con el cumplimiento de los objetivos climáticos y animaré a otros países del Ártico a hacer lo mismo.

Todos estos esfuerzos, dentro y fuera del país, nos permitirán liderar desde una posición de fuerza cuando el mundo se reúna en noviembre para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Clima en Glasgow.

Paso gran parte de mi tiempo centrado en las amenazas a la seguridad y los intereses de Estados Unidos: las acciones agresivas de Rusia o China, la propagación de COVID-19, los retos a los que se enfrentan las democracias. Pero una amenaza igualmente grave para el pueblo estadounidense, y existencial a largo plazo, puede verse aquí mismo, en la bahía de Chesapeake, donde ya se está manifestando el precio del cambio climático.

Sin embargo, desde este mismo lugar, también podemos ver ejemplos de innovación y liderazgo estadounidenses que, si se llevan a escala, pueden evitar una catástrofe climática y beneficiar a los trabajadores y comunidades estadounidenses.

Maryland se ha comprometido a reducir las emisiones del estado en al menos un 40 por ciento para 2030, y a conseguir un cien por cien de energía limpia para 2040. Maryland también ofrece a los agricultores fuertes incentivos para plantar cultivos de cobertura, que ayudan a atrapar el dióxido de carbono. Más del 40 por ciento de los agricultores del estado utilizan ya estos cultivos. Y muchos otros están haciendo su parte para prevenir el cambio climático en la bahía, y a menudo favoreciendo empleos estadounidenses en el proceso.

Basta con pensar en el edificio del Centro Merrill aquí mismo, donde estoy hablando. Cuando se inauguró hace 20 años, fue el primer edificio (con certificación) LEED Platino de todo el mundo, una norma estadounidense de eficiencia energética que desde entonces se ha convertido en norma superior a nivel mundial. Alrededor de un tercio de su energía procede de la energía solar. Utiliza un 80 por ciento menos agua que la mayoría de los edificios de su tamaño. Casi la mitad del edificio, los materiales de construcción, perdón, vinieron de un radio de 300 millas. Su diseño ahorra 50.000 dólares al año solamente en costes de energía.

Una instalación más nueva que la Fundación Bahía de Chesapeake construyó en 2014 es aún más eficiente, reflejando los avances en el diseño y la fabricación estadounidenses. Produce más energía de la que consume y toda el agua que utiliza es agua de lluvia capturada. Sus paneles solares proceden de Oregón y sus turbinas eólicas de Oklahoma. Estos paneles solares y turbinas eólicas están diseñados, son propiedad y están construidos en Estados Unidos. Y personas de todo el mundo ha venido a estudiar estos edificios.

Son cambios como estos los que ayudarán a preservar la bahía tal y como la conocemos, y a todas las comunidades y medios de vida que sustenta.

Este es el proyecto de liderazgo estadounidense en materia de clima. Reunir la innovación del gobierno y del sector privado, de las comunidades y de las organizaciones. No sólo cumplir los objetivos de control del cambio climático, sino hacerlo de forma abierta, que sea una buena inversión, que cree oportunidades para los trabajadores estadounidenses.

La crisis climática a la que nos enfrentamos es profunda. Las consecuencias de no cumplirla serían catastróficas, pero si lideramos con el poder de nuestro ejemplo, si utilizamos nuestra política exterior no sólo para conseguir que otros países se comprometan con los cambios necesarios, sino para que Estados Unidos sea su socio en la aplicación de esos cambios, podemos convertir el mayor reto en generaciones en la mayor oportunidad para las generaciones venideras.

Gracias por escuchar.


Para ver el texto original ir a: https://www.state.gov/secretary-antony-j-blinken-remarks-to-the-chesapeake-bay-foundation-tackling-the-crisis-and-seizing-the-opportunity-americas-global-climate-leadership/

Esta traducción se proporciona como una cortesía y únicamente debe considerarse fidedigna la fuente original en inglés.


 

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