Luces y sombras en el nacimiento del "Nuevo Mundo"

 Luces y sombras en el nacimiento del Nuevo Mundo

 

Por Alexis Almonte

 


Como para borrar o reducir el peso del escarnio que envuelve el llamado descubrimiento de América con la llegada de los españoles hace hoy 528 años, el historiador mexicano Miguel León-Portilla acuñaba en los años 80 la expresión “encuentro de dos mundos” en lugar de “descubrimiento”.

Esto parte del sórdido debate a través de la historia sobre la impertinencia del histórico acontecimiento, despectivamente calificado por Balaguer como  “tormenta declamatoria”.

En una discutida misiva, tajantemente rechazada por las autoridades españolas, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, pedía al inicio de su mandato al rey Felipe VI una disculpa de la llamada “madre patria”  “por los crímenes, abusos e infamia durante el proceso de colonización”.

Aquella inaudita iniciativa era otra muestra elocuente de que, a más de quinientos años, siguen abiertas las heridas y resentimientos causados por la embestida cruel y desaforada que inicia con el desembarco del almirante Cristóbal Colón en la isla de San Salvador aquel memorable 12 de octubre de 1492.

Pero la llegada de los europeos a este mundo entonces desconocido no es per se un hecho totalmente negativo ni tan execrable como para no ser tomada en consideración. El hecho es en sí notorio y para muchos tratadistas “ni la codicia ni la crueldad manifiesta de los colonizadores restan brillo a su trascendencia”.

El escritor y eclesiástico español Francisco López de Gómara plantea en su obra “Historia General de las Indias” que, a parte de la llegada de Cristo a la tierra “se trata del acontecimiento más grande e importancia desde la creación”.

Además de forjar una nueva civilización,  el acontecimiento que hoy conmemoramos tuvo implicaciones extraordinarias, como la erradicación del politeísmo, la poligamia, el canibalismo, la compactación social y el fin de una primitiva estructuración del modus vivendi.

Pero insisto en que la crueldad irascible, la maldad y falta de caridad hacia nuestros aborígenes tendrán siempre un peso ominoso en la valoración del llamado descubrimiento.

Esta grosera conducta llegó mezclada en la siquis de los invasores, contaminando su interacción y relaciones con nuestros nativos y las tensiones asomaron temprano.

Al regreso de su segundo viaje, en 1493, Colón recibió la amarga sorpresa de la destrucción del Fuerte de la Navidad y la ejecución de sus treinta ocupantes tras una rebelión indígena.

Entre llantos y lamentos, su aliado Guacanagaríx le expuso lo difícil que le resultó apaciguar, o al menos amortiguar, la furia que se convirtió en vendaval incontenible, provocada por crueles maltratos y abusos contra los indígenas, y sobre todo sus mujeres.

Luego, Caonabo pagaría la osadía de dirigir la rebelión, pero la muerte le impediría presenciar años después la inmolación de su compañera Anacaona, engañada, colgada y quemada viva junto a otros caciques, por el inefable Nicolás de Ovando.

La maldad transportada por los colonizadores diezmaría de la peor manera la población aborigen, con el peso de la explotación de un trabajo esclavista, las enfermedades y generalmente el exterminio mediante prácticas genocidas.

Puede visualizarse esta infame vorágine en la obra “La Conquista de América: una revisión crítica”, de la autoría de Antonio Espino López, catedrático de la Universidad de Barcelona que expone con crudeza las masacres, amputaciones, violaciones y otros crímenes que matizaron la conquista de América.

El sino pernicioso del maltrato y el sacrificio que trajeron los colonizadores perseguiría la existencia del nativo a través de los tiempos

Insisto en que las heridas y resentimientos lucen lejos de curar y creo, como López Obrador, que debe reconocerse que hubo abusos y se cometieron errores y “es mejor pedir perdón y, a partir de esto, buscar hermanarnos en una reconciliación histórica”

 

 

 

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