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Roberto Marcallé Abreu: novela negra y policiaca dominicana


Roberto Marcallé Abreu: novela negra y policiaca dominicana | Eugenio García Cuevas | Ensayo
La novela policiaca puede forjarse desde varias zonas y perspectivas: desde la mirada del periodista que se ha ejercitado y curtido cubriendo lo policíaco para un periódico; las que escriben algunos policías retirados y abogados -que son las menos-, y las que plasman muchos escritores desde la pura imaginación, la invención y la investigación documental mimética: éstas son las más abundantes. De esas tres contingencias, y por su posición de mediadores entre dos instancias, siempre prefiero las que escriben los periodistas, ya sean activos o retirados. Son las que me resultan más convincentes; ello porque en asuntos literarios llega un momento en que uno necesita que quien escribe te mienta convincentemente, que sus mentiras sean creíbles.
Fabio HerreraEl suceder de la novela dominicana puede ser bordeado en cuatro grandes periodos, claramente reconocibles al interior de su historia concreta como república formalmente independiente a partir de 1844. Un primer momento lo constituye la novela decimonónica y tiene como paradigma a Manuel de Jesús Galván y su Enriquillo(1882).  Un segundo momento se constituye antes de 1930, año en que inicia la dictadura trujillista,  cuyo centro es Tulio M. Cestero y su texto La sangre (1914). Entre 1930 y 1961 se fragua un tercer periodo alrededor de Juan Bosch (La mañosa, 1936) y Ramón Marrero Aristy, (Over, 1939). Un cuarto momento lo funda la novela que surge a partir del fin de la dictadura trujillista, que con varios soplos internos, se alarga hasta hoy día. Sus figuras centrales son Marcio Veloz Maggiolo, Pedro Vergés, Efraín Castillo y Roberto Marcallé Abreu y donde se congrega fructíferamente lo nacional con lo internacional. Se trata, esta última, de una demarcación en movimiento continuo donde la experimentación y la innovación discontinua marcan las pautas, especialmente con la pléyade de narradores emergentes que nacen entre los 60 y los 80, sin que todavía haya una figura paradigmática: la  mayoría, varones u hembras, en pleno desarrollo son, hasta ahora, sólo promesas, aunque se espera mucho de estas promociones.
Al igual que en Puerto Rico, en República Dominicana no hay una larga tradición del relato-novela policíaco o del detective, diestro o amateur, que se especialice en aclarar crímenes. En este último país, ha predominado una novelística más preocupada por lo histórico-social y la nostalgia (como ha señalado el crítico Giovanni di Pietro), que se alarga hasta los años 60 y 70. Es sólo en las últimas décadas que se han empezado a realizar los primeros ensayos de textos policíacos, e incluso de la llamada novela negra: Arturo Rodríguez Fernández (Mutanville, 1980), Emilia Pereyra (El crimen verde, 1994), Ángel Lockward (Lucrecia, crímenes de Estado, 1999), Armando Almánzar (Ciudad en sombras. Casos del capitán Cardona, 2003),  por sólo mencionar algunas referencias.
 El escritor dominicano Roberto Marcallé Abreu (1948) pertenece a esa estirpe de ex periodistas que incursionan en lo policíaco al interior de la novelística dominicana más reciente. Marcallé Abreu es autor de una profusa y consistente obra narrativa: Las dos muertes de José Inirio (1972), El minúsculo infierno del señor Lukas (1973), Sábado de sol después de las lluvias (1976), Cinco bailadores sobre la tumba caliente del licenciado (1978), Espera de penumbras en el viejo bar (1980), Ya no están estos tiempos (1982),Alternativas para una existencia gris (1988), Estas oscuras presencias de todos los días (1998), Las siempre insólitas cartas del destino (1999), Sobre aves negras cortes de media luna y lágrimas de sangre (2002) yContrariedades y tribulaciones en la mezquina existencia del señor Manfredo Pemberton (2007.
Fabio HerreraAfincado más en la novela mimética de corte social y de desvelos éticos-morales, con Las siempre insólitas cartas del destino, Marcallé Abreu da un giro contundente a su escritura. Crea y recrea un mundo alegórico recurriendo a las pericias y estrategias de la novela policíaca y negra. Es más, Marcallé Abreu funde ambas prácticas escriturales de forma inédita en suelo dominicano. El narrador teje un texto de referencia imperativa para todo lector o estudioso que quiera acercarse cabal y ecuánimemente a la novelística dominicana actual. Su texto significa la reinserción de la novela dominicana en una modalidad que ya ha venido dando rendimientos sostenidos en América Latina y El Caribe Insular Hispano. Me refiero al hilo que tensan y alargan escritores como los argentinos Rodolfo Walsh, Osvaldo Soriano y Mempo Gialdinelli, el brasilero Rubem Fonseca, los mexicanos Paco Ignacio Taibo II y Rafael Ramírez, el cubano Leonardo Padura Fuentes y los puertorriqueños Edgardo Rodríguez Juliá, Wilfredo Mattos Cintrón y Francisco Velázquez,  entre otros.
Descifrar una incógnita es una de las claves que mueven el relato policíaco. En Las siempre insólitas cartas del destino, Marcallé Abreu respeta esa regla: Buenaventura Terrero, periodista agudo, sistemático y buen redactor, asume la responsabilidad de investigar quién o quiénes fueron los asesinos del también periodista Héctor San Miguel, liquidado a mediados de los 70 por haber denunciado al gobierno de turno. Terrero trabaja en el mismo diario desde donde San Miguel mantenía su tribuna de denuncias en contra de la corrupción gubernamental. Para Terrero, San Miguel es modelo de moralidad pública y del periodista responsable que asume su papel de corrector y constructor de un gobierno y una ciudadanía decorosa, dentro de los parámetros del Estado liberal.
Fabio HerreraMontado el relato en la década del 90 (cuando el Dr. Leonel Fernández llega al poder), Terrero se nos presenta como un idealista con dos matrimonios en los lomos, dos hijos (Dexter, de 19 años y Frankyn de 18) y una relación afectiva con una joven algo sensible (Mary Helen), a quien dobla en edad. Antiguo militante de las izquierdas de décadas pasadas su vida está timbrada por las quiebras familiares y algunas dosis de envidias laborales. Su primera esposa (Martina) lo odia por un complejo de inferioridad del que nunca pudo curarse y ha logrado contaminar a sus hijos para que también detesten al padre. Su hermana (Natasia) es una mujer retorcida sicológicamente que procura quedarse con una pequeña herencia que le ha dejado la madre al morir. Sólo el prestigio y el respeto por su trabajo, mas la protección del teniente Agustín Montero (a quien Terrero salvó casualmente de la muerte en el pasado), el cariño de Mary Hellen, el respaldo del dueño del periódico (Aníbal Mejía) y los servicios domésticos de Altagracia resultan alicientes en la atribulada vida de Buenaventura Terrero.
La tensión del texto arranca cuando la hermana de Terrero (Natasia) es asesinada de manera sádica. A su homicidio les siguen el asesinato, también de manera morbosa, del norteamericano Massimilino Terra, a quien Terrero abomina por manipular a sus hijos e inducirlos a los turbios negocios de la banca. Al asesinato de Terra les siguen una paliza a Dezter y luego dos asesinatos más de los abogados de su hermana Natasia. Agustín Terrero, el oficial policíaco que es informante de Terreno, y a su vez protector, le advierte de que los asesinatos pueden tener como objetivo hacerlo sospechoso de esos crímenes para desprestigiarlo públicamente y alejarlo de la investigación que realiza sobre la muerte del periodista Héctor San Miguel. El plan de los asesinos, que se sospecha que maniobran como escuadrón paramilitar independiente al interior de la policía, es desmoralizar a Terrero, pero éste no se intimida y no se desvía de su investigación hasta conseguir una entrevista exclusiva con el ex presidente de la República Camino Abreu, antiguo caudillo retirado, casi ciego, encerrado en una casona donde sobrevive casi al solitario rodeado de libros.
Entonces el doctor Camino Abreu es la ficha clave para saber quiénes fueron los verdaderos asesinos del periodista Héctor San Miguel cuando él era presidente, pero tenía las manos atadas para acusar a los responsables, ya que él  también era una víctima, secuestrada por varios de los grupos de militares que se disputaban el poder real del país y que servían a los grupos económicos dominantes, es decir una oligarquía que desde siempre había regido los destinos del país a base de chantajes, tráfico de influencias y de crímenes de cuello blanco. Revelado el misterio públicamente a través de los reportajes de Terrero, quien recibe todo el apoyo del periódico, y asesinado uno de los militares incontrolables que se encargaba de ejecutar los crímenes, queda reivindicada la memoria del periodista Héctor San Miguel y terminan los peligros y amenazas reales que pesaban sobre Terrero.
Fabio HerreraPara un lector poco familiarizado con lo que ha sido la historia dominicana de los últimos 40 años Las siempre insólitas cartas del destinopuede ser leída como una novela policiaca o negra, hija de la inventiva de Marcallé Abreu. Esa lectura es válida y se sostiene, pero para otro lector con algún tipo de conocimiento sobre lo que ha sido el devenir político del país, a partir de 1966, se hace fácilmente evidente que el novelista ha creado una alegoría en torno a lo que fue el vil y escandaloso asesinato del periodista Orlando Martínez, ocurrido el 17 de marzo de 1975, en los predios de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, bajo el segundo mandato del doctor Joaquín Balaguer.
De manera, que a lo largo de la narración el novelista le va filtrando al lector las claves para que se percate de que el periodista asesinado de nombre Héctor San Miguel es Orlando Martínez y que el doctor Camino Abreu no es otro que Joaquín Balaguer, quien en su libro Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo (1989) dejó una página en blanco donde algún día se plasmarían los responsables de la muerte de Orlando Martínez, periodista que con sus columnas, Microscopio,  puso en Jaque Mate, en más de una ocasión, a los verdaderos responsables de las miserias y atrasos de la República Dominicana postrujillista. Desde la invención e imaginación, pero no al margen de los hechos empíricos, Marcallé Abreu entonces no sólo completó esa página en blanco del libro de Balaguer, sino 396 páginas sobre los hechos. Policiaca o negra, lo cierto es que nuestro novelista crea una pieza impar en la novela dominicana más reciente, que si bien trabaja con lo criminal, también se reconcilia con  la novela de denuncia social desde la ética.
Alejado de los ruidos mediáticos que caracterizan un pedazo considerable del espacio literario dominicano de los últimos años, Marcallé Abreu es un novelista que conoce y asume su compromiso con la escritura: tiene fondo, la experiencia directa del periodista local y extraterritorial, disciplina, consistencia, volumen de observación y escucha. En fin, que Marcallé Abreu tiene calidad para que su obra narrativa sea acogida por algunas de las editoriales latinoamericanas y españolas, que en los últimos años han descubierto y difundido a muchos escritores del hemisferio. Propiedad le sobra al narrador para que sus novelas y cuentos puedan ser divulgados y leídos en los circuitos de lectores más dinámicos y exigentes del mercado de las letras hispánicas. Se trata posiblemente del narrador activo más talentoso y sólido con que cuenta la novela dominicana de las últimas décadas. Las siempre insólitas cartas del destino es sólo una muestra de su arte narrativo.
Eugenio García Cuevas (República Dominicana, 1961). Poeta y ensayista, ha publicado 10 libros, entre ellos: Lengua en tiempo, saberes buenos, malos y feos (2006), Descendientes del sonido (2007), y Poesía dominicana del siglo XX y los contextos internacionales (2011). Es autor de la serie televisiva La República Dominicana, un país y una literatura para WIPR-Canal 6 de Puerto Rico. Se desempeñó como editor y columnista de los periódicos El Nuevo Día y del mensuario Diálogo. Contacto:eugeniogarciacuevas@yahoo.es. Página ilustrada con obras del artista Fabio Herrera (Costa Rica).

Fuente de publicación: AGULHA HISPÂNICA | REVISTA DE CULTURA

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